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Acciones de Santiago y Buenos Aires en el Norte

Cuando tuvo fin la fracasada Intervención en Santiago del Estero, las milicias de Catamarca y Salta retomaron a sus respectivas provincias. Acto seguido, el Gobierno que Navarro instaló en Tucumán comenzó a sentir la hostilidad de las milicias santiagueñas.

Mientras Santiago respire el aura de la libertad -proclamó el general Taboada- no ha de consentir que sus hermanos giman bajo el látigo y la mano ensangrentada de los tiranos”.

Con estas palabras se manifestó por primera vez la aspiración de ejercer la vigilancia y la tutela de las provincias del Norte, que Santiago del Estero mantendría por mucho tiempo y que en varias oportunidades haría efectiva.

Bien es verdad que, a renglón seguido, Taboada confesó que cumplía con un encargo del general Mitre, pero lo dijo a modo de agregado y luego de asentar la declaración expresa de que su provincia ya había resuelto esa actitud por su voluntad libre y espontánea(1).

(1) A. Taboada. Proclama al pueblo de Tucumán (Noviembre 27 de 1861), en: Archivo del general Mitre, tomo XII, p. 122. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El Gobierno de Tucumán se preparó para la resistencia y levantó en armas las milicias, colocándolas bajo la dirección de su viejo caudillo, el general Gutiérrez.

El 17 de Diciembre de 1861, las fuerzas de Tucumán y Santiago del Estero libraron combate en los campos del Ceibal; el triunfo correspondió a los invasores y, a consecuencia de él, la Legislatura derrocada por Navarro quedó repuesta y el cura Campo -que había combatido junto a Taboada- asumió el cargo de gobernador en carácter de delegado de Villafañe y mientras durase su ausencia.

Después de su campaña sobre Tucumán, los Taboada resolvieron trocar la actitud defensiva y de reivindicación por otra ofensiva y de conquista. Catamarca y Salta habían proporcionado las milicias que posibilitaron la Intervención Federal en Santiago del Estero y, como en concepto de los Taboada tal hecho clamaba por el castigo, a esas provincias decidieron llevar la guerra a fin de que cayesen sus Gobiernos. Por otra parte, de esta manera todo el Norte quedaría de un color(2).

(2) M. Taboada. Carta al gobernador Mitre (Diciembre 22 de 1861), en: Archivo del general Mitre, tomo XII, p. 128. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A fines de 1861, don Manuel partió hacia Catamarca al frente de una división y don Antonino marchó hacia Salta con igual acompañamiento, ayudados ambos por el cura Campo.

Más los caudillos santiagueños no contaron con un obstáculo que se les cruzó por el camino: el general Peñaloza, que había contemplado impasible la caída del Gobierno Federal, abandonó su retiro de Los Llanos al advertir los cambios que a su alrededor ocurrían y, situándose en Catamarca al frente de sus fuerzas, comunicó a aquéllos que era preciso poner fin a la lucha, a cuyo efecto ofrecía su mediación(3).

(3) Peñaloza. Carta a Antonino y Manuel Taboada (Enero 8 de 1862), en: Archivo del general Mitre, tomo XI, p. 23. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Detenidos por tamaño obstáculo, los Taboada se volvieron a su provincia con el propósito de equipar mejor los milicianos y dejaron sin respuesta la carta de Peñaloza, así como otra del coronel Navarro, escrita en tono pacífico.

Peñaloza y Navarro escribieron también a Paunero pero, igualmente en vano, pues éste no admitía “más condiciones que apretarse el gorro y largarse con viento fresco(4).

(4) Paunero. Carta al ministro Gelly y Obes (Enero 23 d 1862), en: Archivo del general Mitre, tomo IX, p. 88. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Mitre tuvo que adoptar la resolución definitiva. A él se había dirigido el gobernador de Catamarca, expresándole su disposición de retirarse del Gobierno y aún del país con tal de que la provincia no fuese invadida por tropas irregulares, autorizadas para todo exceso y dispuestas a atentar hasta contra el honor de las familias.

El gobernador dio este paso alentado por el obispo de Paraná, Luis G. Segura, a la sazón huésped de Catamarca.

Amparado en su carácter sacerdotal, el obispo fue más explícito que el gobernador e hizo saber a Mitre que todos deseaban la paz más que nada para evitar las depredaciones innobles que diariamente perpetraban las milicias de Santiago del Estero, las cuales no concordaban de ningún modo con las ideas y los propósitos expresados por los liberales.

Planteadas así las cosas, Mitre expresó al gobernador de Catamarca que la renuncia le parecía conveniente en caso de que los intereses públicos la exigieran y agregó que el acto no importaría un sacrificio si el cargo recayese en alguna persona capaz de armonizar la política de la provincia con la política nacional que imperaba después de Pavón y capaz de ofrecer mayores garantías a las vecinas provincias de Tucumán y Santiago del Estero, que habían sido afectadas por Catamarca(5).

(5) Mitre. Carta al gobernador Molina (Enero 22 de 1862), en: Archivo del general Mitre, tomo XII, p. 188. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Mientras aceptaba el ofrecimiento del gobernador Molina, Mitre pidió calma a sus amigos y combatió las intenciones bélicas que los animaban. Era deseo suyo que se hiciese concurrir a todas las provincias a la reorganización nacional, pero sin causarles sufrimientos, y había que colocarlas en condiciones de que adhiriesen a la causa liberal por conveniencia y gratitud y no por temor(6).

(6) Mitre. Carta a Manuel Taboada (Enero 22 de 1862), en: Archivo del general Mitre, tomo XII, p. 146. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Esa era la política inteligente: abandonar el ruido de la gloria heroica y disponer las cosas de manera que el peso  de los afectos y los intereses impusiera sin coacciones la solución anhelada.

Pero el conflicto era grave y no lo resolvía la sola renuncia de Molina, pues había comprometido la tranquilidad de cuatro provincias -Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Catamarca- y amenazaba extenderse a otra más: La Rioja, a la que el inquieto Peñaloza sacaba de su sosiego.

Convenía acercarse a ellas, pues, para acabar con las desavenencias y, comprendiéndolo, Mitre designó “Comisionado Nacional en las provincias del Norte” a Marcos Paz, por entonces gobernador interino de Córdoba.

Paz aceptó la comisión de buena gana; nombró secretario a Laspiur y entregó el Gobierno de Córdoba al general Paunero, conforme se ha explicado en otro lugar.

A los gobernadores de las cuatro provincias afectadas por el conflicto les comunicó que llevaba el encargo de mediar en la guerra civil y que su propósito era arribar a una solución pacífica que satisficiera el decoro de los principios triunfantes en la República, con tal que la actitud futura de las provincias que aún no habían regularizado su situación política, ofreciese a esos mismos principios sólidas y suficientes garantías(7).

(7) Paz. Nota al gobernador Molina (Enero 28 de 1862), en: Documentos relativos a la organización constitucional de la República Argentina (1922), tomo II, p. 15. Ed. Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La imprecisión de los conceptos transparentaba la amenaza; además, el Comisionado se hacía acompañar por una columna de seiscientos hombres...

Estando la expedición en camino, llegaron noticias de diversas novedades de interés. En Catamarca, el gobernador Molina había renunciado el 1 de Febrero asintiendo a las ideas de los porteños y con el propósito de evitar su intervención armada; la Legislatura había designado gobernador interino a don Francisco R. Galíndez, individuo alejado de la política y, poco después éste delegó el cargo en don Moisés Omill, cuya vinculación con el partido liberal era notoria.

En Salta, en cambio, el jefe de las milicias reunidas por el caduco Gobierno Federal, coronel Latorre, había querido mejorar su posición para resistir a las provincias vecinas, a cuyo efecto, llamó al general Peñaloza y, el 1 de Febrero, las fuerzas de este General habían sido contenidas por las del cura Campo en el combate del río Colorado, quedando las de Latorre sobre la frontera de Salta.

Conocedor de estos hechos que facilitaban su misión, Paz resolvió dirigirse primero a Catamarca. Creía que las modificaciones ocurridas en esa provincia nada habían cambiado, pues permanecían la misma Legislatura y, sobre todo, los mismos hombres que venían gobernando la provincia desde Caseros: Molina y los hermanos Navarro -el coronel don Octaviano y el doctor don Manuel José-, herederos estos dos del poder ejercido por su padre, justamente hasta la citada batalla.

El Comisionado se proponía desconocer todo eso en nombre de la revolución, a cuyos embates habían caído presidente, Congreso y Gobiernos como los de San Luis y Mendoza; con tales precedentes, nadie se escandalizaría de que cayese otro Gobierno, se desterrase a Molina y los Navarro y se organizase un partido liberal, siempre a nombre del “decoro de los principios que triunfaron en Pavón...(8).

(8) Paz. Carta al gobernador Mitre (Febrero 7 de 1862), en: Archivo del general Mitre, tomo X, p. 207. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Cuando el Comisionado penetró en la provincia, Molina y los Navarro ya se habían expatriado e, instalado aquél en la capital, sus ideas fueron difundidas por un flamante periódico que comenzó por advertir que millares de bayonetas vencedoras sostenían la nueva causa...

En este banquete de civilización y de principios -decía el periódico- sólo se excluyen el poncho, el crimen, la barbarie; es decir, los caudillos(9).

(9) “La Regeneración”, Nro. 1, Marzo 2 de 1862. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El gobernador delegado accedió a todas las pretensiones de Paz. El 3 de Marzo de 1862 convocó al pueblo de la capital a elección de gobernador provisorio y resultó electo don José Luis Lobo; el periódico oficial afirmó que jamás actos de esa índole se habían ejercido con mayor libertad y pureza.

El día de la elección, Omill transmitió el cargo a Lobo proclamando oficialmente que procedía de conformidad a lo convenido con el comisionado; el 10 de Marzo, Lobo declaró cesantes a los Diputados que habían servido en tiempos del caduco Gobierno Federal y convocó al pueblo a la elección de una nueva Legislatura; y, el 1 de Abril se instaló ésta y nombró a Omill gobernador interino.

Mientras en Catamarca ocurrían tales hechos, los federales de Salta procuraban mantenerse en el Gobierno. Era gobernador de esta provincia don José María Todd, cuyo nombre está vinculado al famoso decreto que prohibía los partidos políticos, por considerarlos incompatibles con la Constitución Nacional...

En la emergencia, al conocer la derrota de Peñaloza, Todd empezó por asumir el mando de las milicias en su carácter de agente del Gobierno Federal y, en vista de que éste ya no impartía órdenes al coronel Latorre, luego declaró que la provincia recuperaba las atribuciones delegadas en la Nación y que se mantendría sobre las armas al solo objeto de defenderse y hasta tanto se restableciera la armonía con las provincias limítrofes(10); escribió enseguida al general Paunero para expresarle sus propósitos pacíficos y sus deseos de colaborar en el nuevo orden nacional, expresiones que no hallaron eco, pues el General no veía solución fuera de la fijada (“apretarse el gorro del modo más conspicuo”)(11); y terminó por huir a Jujuy a las dos de la madrugada del 14 de Marzo, dejando escrita su renuncia y sin despedirse de nadie(12).

(10) Decreto de Febrero 7 de 1862, en: Registro Oficial de la Provincia de Salta, 6ta. Parte, años 1861, 1862 y 1863 (1864), p. 38. Imprenta del Comercio, Salta.
(11) Paunero. Carta al gobernador Mitre (Febrero 25 de 1862), en: Archivo del general Mitre, tomo XI, p. 36.
(12) Todd. “Relación sucinta de los sucesos ocurridos en Salta durante su Administración”, en: Archivo del general Mitre, tomo XII, p. 224.
// Todo citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Asumió esta actitud al convencerse de que el comisionado Paz deseaba su dimisión y de que los liberales salteños lo iban a hostigar.

A los pocos días, unos cuantos ciudadanos se reunían a considerar la ausencia del gobernador y del presidente de la Legislatura y resolvían desconocer a este Cuerpo por haber expulsado hacía poco a los representantes liberales.

Enseguida llamaron al pueblo con la campana del Cabildo, según se estilaba en tales casos. Reunido el pueblo bajo la presidencia de la Cámara de Justicia, fue aclamado gobernador provisorio el general Rojo(13).

(13) Acta popular del 19 de Marzo de 1862, en: "Registro Oficial de la Provincia de Salta, 6ta. Parte, Años 1861, 1862 y 1863" (1864), p. 45. Imprenta del Comercio, Salta. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Este instaló una nueva Legislatura y el 5 de Mayo entregó el cargo al presidente de ella, don Juan N. de Uriburu, quien luego se hizo designar gobernador propietario.

La insurrección se consumó en Salta sin mayores trastornos y a diferencia de lo sucedido en las demás provincias donde ocurrieron cambios fundamentales, en ella no hubo que lamentar consecuencias desgraciadas.

Un funcionario que por esa época recorría las provincias, atribuyó la quietud salteña a la ausencia de pueblo díscolo, pues allí los pobres eran tributarios de los terratenientes y vivían sujetos a éstos bajo un régimen patriarcal(14).

(14) Régulo Martínez. Carta al presidente Mitre (Marzo 27 de 1863), en: Archivo del general Mitre, tomo XII, p. 280. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Sea que se debiera a ésa o a otra circunstancia, lo cierto es que Salta se vio libre de los odios que en otras provincias llegaron hasta la persecución y la muerte.

Tan notoria fue esta diferencia, que gran parte de los políticos en desgracia se refugiaron en Salta, conviviendo en ella, a mediados de 1862, los ex gobernadores Acuña, Alcorta, Allende, Gutiérrez y Molina -todos desterrados de sus provincias- y hasta el propio Todd, hecho que alarmó al Gobierno de Salta, no porque temiese nada de sus huéspedes, sino por las suspicacias que pudiesen levantarse en Buenos Aires y en otros puntos donde aún ardían las pasiones. 

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