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Nacionalización de la guerra

Apenas hubo ocurrido la batalla de Pavón, el ex gobernador de Córdoba, Félix de la Peña fue al Cuartel General de las fuerzas victoriosas con el propósito de celebrar una entrevista con Mitre, pero éste no lo recibió, molesto porque aquél no había contestado cartas suyas y porque iba a verlo después de haber hecho la corte en el campamento adversario(1).

(1) Mitre. Carta al ministro De la Riestra (Septiembre 25 de 1861) en: Archivo del general Mitre, tomo VIII, p. 171. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El ex mandatario se dirigió entonces a Buenos Aires, donde Sarmiento lo introdujo en la Casa de Gobierno, a efectos de que pidiese la reposición de las autoridades cordobesas depuestas.

Sarmiento no temía ya que Buenos Aires se segregara de las provincias -extremo del que pensaba triunfar con sus solos medios- sino que las provincias se separaran de aquélla; de modo que encontraba en las pretensiones de De la Peña un pretexto para llevar al Interior la influencia triunfante.

El plan consistía en que se aceptase la propuesta de De la Peña, organizándose una expedición a Córdoba; De la Peña podría convocar las milicias, en su carácter de gobernador, y renunciaría enseguida, a fin de que lo reemplazase algún ciudadano de tendencia francamente liberal(2).

(2) Sarmiento. Carta al gobernador Mitre (Octubre 5 de 1861) en: Archivo del general Mitre, tomo IX, p. 366. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Los sucesos habrían de ser precipitados por la misma Córdoba, no por Buenos Aires. Después de Pavón, el gobernador delegado Allende comprendió que su autoridad estaba en peligro y salió a la campaña para reunir fuerzas que la sostuvieran, encomendando el Gobierno al doctor Tristán Achával.

El 12 de Noviembre se produjo el pronunciamiento temido, que finalizó con la detención de Achával y con el nombramiento popular de un gobernador provisorio, cargo con que fue favorecido el doctor José Alejo Román. Actuó de jefe revolucionario el coronel Manuel J. Olascoaga, a quien secundaron los liberales que antes habían sido opositores a De la Peña, por considerar poco definida su política.

Los autores del pronunciamiento declararon que obraban contra las autoridades ilegalmente impuestas por Derqui, pero para nada mencionaron a las que éste derrocó. Triunfante en la capital, el movimiento no tuvo éxito unánime en la campaña.

El coronel Francisco Clavero -famoso desde el combate de la Rinconada del Pocito- corrió hacia la capital en defensa de Achával al frente de unos doscientos jinetes y le puso sitio pero, el comandante Luis Alvarez -adicto a los liberales- marchó a su vez contra Clavero y, el 18 de Noviembre, lo derrotó en el combate de La Huertilla.

Dos días más tarde, Alvarez rechazaba, en las puertas de la capital, a otra fuerza muy superior que dirigían Allende y Clavero, causándole más de sesenta muertos. Los caudillos derrotados huyeron hacia San Luis y entonces la revolución liberal quedó consumada.

El pronunciamiento de Córdoba causó verdadero alborozo en Buenos Aires y avivó las críticas contra Mitre. Córdoba era la primera provincia que se colocaba de parte de los porteños, y lo hacía sin ayuda de sus fuerzas armadas, que parecían haber echado raíces en el campo de la victoria.

"El Nacional" publicó un acervo artículo, en el que todos conocieron la pluma de Vélez Sársfield. La revolución cordobesa -según "El Nacional"- venía a desengañar a muchos hombres que vivían equivocados sobre las pretensiones de las provincias y que por eso caían en el abismo de querer la independencia de Buenos Aires, y venía, además, a poner término a la fatal inercia del General en Jefe, generadora de tantos males.

Esa inactividad iba a causar desgracias incalculables. La situación podía resumirse en pocas palabras: “batalla ganada, general perdido”. El gobernador había evidenciado carecer de ideas y voluntad.

Pero la revolución cordobesa podía servir para ilustrarlo y para mostrarle muy claro lo que juzgaba oscuro e incomprensible: resultaba ya imposible toda transacción con Urquiza y había que abandonar el pensamiento de paz y amistad con los caudillos, que parecía embargar al General en Jefe desde que salió de Buenos Aires precisamente para combatir contra ellos(3).

(3) Nro. 2.826, Noviembre 22 de 1861. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La frase de Sársfield -"batalla ganada, general perdido"- se hizo popular y corrió de boca en boca. Lo que todos pedían era el exterminio de los adversarios(4).

(4) Gelly y Obes. Carta al gobernador Mitre (Noviembre 2 de 1861) en: Archivo del general Mitre, tomo IX, p. 44. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El mismo día en que apareció la crítica de Vélez Sársfield, las fuerzas de Buenos Aires destruían a las divisiones del Ejército Nacional que estaban a su frente. El uruguayo Venancio Flores, comandante de uno de los cuerpos porteños, sorprendió en la Cañada de Gómez las tropas del general Virasoro y las derrotó por completo: quedaron trescientos muertos del Ejército vencido y sólo dos de las fuerzas vencedoras.

Flores tardó algún tiempo en comunicar los resultados del combate, y ello porque el suceso de la Cañada de Gómez fue uno de aquéllos que espantan al vencedor, si no pertenece a la escuela del terrorismo(5).

(5) Gelly y Obes. Carta al gobernador Ocampo (Noviembre 23 de 1861), en: Archivo del general Mitre, tomo IX, p. 278. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La impaciencia de Flores, que le inducía a obrar con tanta rapidez y saña, obedecía a razones poderosas: su deseo era actuar en su patria donde, en efecto, actuó llegando a ocupar la presidencia; y le convenía, por consiguiente, que en toda la región litoral se formaran Gobiernos que luego pudiesen ayudarlo.

El 17 de Octubre, Flores había reprochado al General en Jefe sus consideraciones para con los enemigos que, en su sentir, necesitaban una sableada, y le solicitó permiso para efectuar la operación, haciéndose responsable de su buen éxito(6). Mitre concedió el permiso, aunque quizás en el fondo considerase inútil la aventura(7).

(6) Flores. Carta al gobernador Mitre, en: Archivo del general Mitre, tomo IX, p. 309.
(7) Sarmiento. “El manifiesto de don Bartolomé Mitre”, en: “Obras de D. F. Sarmiento”, tomo LII, p. 282.
// Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La Cañada de Gómez no calmó sin embargo al impetuoso general y, días más tarde volvía a ofrecerse, esta vez para invadir Entre Ríos, comprometiéndose a triunfar con el solo cuerpo que dirigía(8); pero entonces obtuvo en respuesta una negativa terminante.

(8) Flores. Carta al gobernador Mitre (Diciembre 11 de 1861), en: Archivo del general Mitre, tomo IX, p. 323. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La resolución de respetar a Urquiza era definitiva. La mayor concesión que el gobernador porteño hizo a sus amigos fue insinuar a su colega entrerriano la conveniencia de que renunciase, pero sin dar a este pedido el calor que se pone en los asuntos fundamentales.

Cuando el acuerdo estuvo sellado, Urquiza declaró oficialmente que ninguna hostilidad iba a recibir Entre Ríos de parte de Buenos Aires y que ésta reconocía como base inexcusable de la unidad argentina la Constitución Nacional vigente, por lo que aconsejaba a su provincia, en beneficio de la tranquilidad de la misma y en provecho de la conservación del sagrado código, que reasumiera momentáneamente la plenitud de la soberanía y quedara en paz con todas sus hermanas(9).

(9) Urquiza. Nota al gobernador interino de Entre Ríos (Noviembre 25 de 1861) en: Documentos relativos a la organización constitucional de la República Argentina (1911), tomo I, p. 266. Ed. Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La Legislatura aceptó las ideas de Urquiza y declaró a la provincia en posesión plena de su soberanía hasta tanto se reuniese con las demás bajo el imperio de la Constitución jurada(10).

(10) Legislatura de Entre Ríos, sesión de Diciembre 1 de 1861. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El Gobierno Federal quedaba despedido, desde ese momento, del territorio que ocupaba y el vicepresidente tuvo que cumplir con la triste tarea de declarar en receso al Poder Ejecutivo Nacional mientras la Nación, reunida en Congreso o en la forma que estimare conveniente, no salvase las dificultades que él era incapaz de vencer(11).

(11) Decreto de Diciembre 12 de 1861, en: Registro Nacional, tomo III, p.862. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El arreglo definitivo con Urquiza enardeció los ánimos porteños y, a principios de 1862, las quejas de los descontentos volvieron a alzarse en la Legislatura. El diputado Carlos Tejedor presentó un proyecto de declaración en el cual se expresaba que era un hecho de gravedad indudable la presencia en Entre Ríos de un gobernante vitalicio.

En Entre Ríos nació la guerra y allí iba a renacer cuando en Buenos Aires surgieran las primeras divisiones internas; y no habría ejemplo instructivo para los pueblos si se intentase de nuevo la organización nacional, admitiendo un poder ominoso, tanto por los años que había durado como por la parte que tuvo en la guerra reciente, a la que alentó en vez de resistir.

Era necesario decidir que ese poder desapareciese por negociaciones o por las armas, a cuyo efecto había que declararlo el último obstáculo que impedía la incorporación de Buenos la República(12).

(12) Cámara de Diputados de Buenos Aires, sesión de Enero 8 de 1862. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El proyecto pasó a estudio de Comisión y la Cámara no volvió a tratarlo, pero planteó la disidencia entre los liberales.

Caído el Poder Ejecutivo Nacional, el gobernador de la provincia triunfante asumió de hecho muchas de las funciones que a aquél correspondían, por más que no produjo al respecto resolución o declaración alguna.

Los lazos de la unidad nacional eran ya cosa efectiva y los intereses públicos no podían desatenderse, ni aun momentáneamente. El propio general Mitre declaró luego que la República no pudo quedar en acefalía absoluta, ni condenarse a la esterilidad e impotencia la obra que Buenos Aires inició por sí y por voluntad de varias provincias.

Los sucesos que habían nacionalizado la guerra civil dieron a la autoridad militar del que la dirigía un carácter nacional del que éste no pudo desprenderse y que ejerció como “jefe de los pueblos en armas(13).

(13) Mitre. Mensaje al Congreso (Mayo 25 de 1862), en: H. Magrabaña, “Los mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo III, p. 168. Buenos Aires, Comisión general del Centenario, 1910, (5 volúmenes),  Ed. Compañía General de Fósforos, s/d, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La Corte Suprema Nacional vino posteriormente a reconocer esta investidura que se arrogó el gobernador de Buenos Aires.

El gobernador había ejercido funciones nacionales al dictar unas medidas de carácter administrativo el 2 y el 16 de Diciembre de 1861, por las que declaró nulos ciertos pagos hechos a la Aduana de Rosario; y un sujeto que resultó perjudicado llevó la queja a la Justicia, arguyendo que el gobernador carecía de derecho para dictar esas resoluciones.

La Corte resolvió el pleito en su acuerdo del 5 de Agosto de 1865 y, por voto de los ministros José Barros Pazos, Francisco de las Carreras, Salvador María del Carril y José Benjamín Gorostiaga, declaró válido el acto del gobernador por ser quien ejercía provisoriamente las funciones nacionales ‘‘con el derecho de la revolución triunfante y asentida por los pueblos y en virtud de los graves deberes que la victoria le imponía(14).

(14) “Causa LXXXI, entre don Baldomero Martínez y don Manuel Otero, sobre cobro ejecutivo de pesos procedentes de una letra de Aduana”, en: Fallos de la Suprema Corte de Justicia Nacional, tomo II, p. 142. Ed. Pablo E. Coni, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo IV: “Pavón”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La misión única del jefe de los pueblos en armas era reconstruir el Gobierno Federal y, para ello, tenía que vencer las resistencias armadas subsistentes.

Después de Pavón, cinco núcleos militares permanecieron fieles al Gobierno vencido: el de Urquiza, retirado por éste a Entre Ríos; el de Virasoro, que continuó en Santa Fe; el de Saa, que volvió a San Luis; el de Navarro, trabado en lucha con los Taboada; y el de Peñaloza, quien, hasta ese momento en La Rioja.

Eliminado el primero por el entendimiento con Urquiza y deshecho el segundo en la Cañada de Gómez, quedaban en pie los tres últimos. Paulatinamente irían entrando en contacto con las fuerzas vencedoras y, operaciones de paz o guerra llevarían su influjo sobre ellos antes de que un nuevo Gobierno Federal pudiera instalarse. 

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