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Fallece Derqui, el primer Presidente de la Nación Argentina

Casi dos años después de dejar la Presidencia, Santiago Derqui reaparece sorpresivamente en Corrientes, donde residían su esposa y sus hijos.

Busca reconstruir su casa y el consuelo de su familia. Apenas se conoce su arribo, el gobernador Manuel I. Lagraña le notifica que debe constituirse en prisión para ser juzgado. Vuelve a emprender el camino del destierro...(1).

(1) Ramón J. Cárcano. “La Guerra del Paraguay (Acción y Reacción de la Triple Alianza)” (1941), tomo I, (dos volúmenes). Ed. Domingo Viau, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Cuando en viaje de Paraná a Rosario se encuentra con un viejo amigo, el cónsul paraguayo José Rufos Caminos, en la hora de las confidencias suscitadoras de esperanzas, Derqui le confía a su interlocutor lo que proyecta:

... Dígale a mi compadre (alude a Urquiza) que estoy resuelto a cooperar y ayudarlo en la obra de la reorganización, ofreciéndole hasta mi persona por si quiere tenerla como bandera del movimiento.
Delegaré en él mi autoridad como Presidente de la Confederación y haré en este sentido todo cuanto a él le fuese conveniente...
Residiré en Concepción del Uruguay o al punto que designe en la provincia de Entre Ríos para cooperar a su obra...”.

¡Cooperar a su obra! ¿Pero es que Derqui no comprende que es precisamente la meditada actitud de Urquiza lo que hizo de Pavón algo irreversible..?

¿Pero es que Derqui ignora que hace ya un año, desde Octubre de 1862, el Congreso Nacional funciona en Buenos Aires y ya por ese entonces Mitre es el segundo presidente de la Argentina unificada? ¿Es que Derqui sueña pueda reiniciarse el enfrentamiento de la Confederación y Buenos Aires..?

La lógica respuesta de Justo José de Urquiza baja el telón sobre semejante pesadilla:

... Yo tendría la mayor satisfacción de ofrecer a mi compadre para su residencia la provincia de mi mando, si no considerase que en esta provincia y en la de Corrientes, el Gobierno Nacional tendrá sus motivos para proceder contra el doctor Derqui...(2).

(2) La contestación de Urquiza a José Rufos Caminos es de fecha 19 de Octubre de 1863. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Respuesta que, por otra parte, impone el preguntarse: ¿Por qué ha dado Derqui este absurdo paso en falso? ¿Qué drama alucinante perturbaba a este hombre a quien parecían no haber aplomado ni las alturas del poder ni esa elemental sabiduría que traen los años densos en psicología humana que atesora la política?

¿Lo desubicaban acaso los sinsabores de las cárceles y destierros o las nostalgias del hogar del que estuvo ausente tanto tiempo o los agobios de la pobreza que habían hallado en Derqui un vencido irremediable..?

Tal vez lo más lógico sea no parcializar la indagación... Y suponer que en el recodo final de esta existencia, tales factores se sumaron, explosivamente, hasta provocar el estallido de una de esas crisis oscuras que le quitan -a quienes las sufren- voluntad de lucidez...

Lo cierto es que, sin comprender el misterio de Pavón, Derqui se había ido a Montevideo. Pudo haberse llegado a Buenos Aires a congratular a Mitre como lo hicieron Del Carril, Gutiérrez, Seguí, Huergo, Zavalía, Ferré, Gorostiaga, Godoy, Llerena, en fin, todos sus compañeros sobrevivientes del Congreso de Santa Fe.

Pudo hacerle llegar (Mitre, al fin y al cabo, le debía su ascenso a Brigadier) algún chisme de confianza como lo hizo Urquiza. No quiso. Cargó con la responsabilidad de todos.

Fue chivo emisario por su propia inercia. Los vencedores eran sus amigos y le hubiera sido fácil gestionar su benevolencia o cantarles la palinodia; pero aceptó su destino con indolencia. Tal vez con satisfacción.

Lo que sí está documentado es que cuando se fue de este mundo, Santiago Derqui seguía cabalgando en la miseria: la familia careció de los recursos para enterrar, en modesta sepultura, al ex presidente de la Confederación...

Vivió humildemente en Montevideo hasta 1864; las estrecheces que pasó, indujeron al canciller del Gobierno de Mitre, Rufino de Elizalde, a ayudarlo a regresar a Corrientes.

A fines de ese año, Derqui puede volver a Corrientes, junto a su esposa y sus hijos. Mejora su fortuna. Empieza a ejercer la abogacía y atiende su pequeña chacra “Santa Catalina”.

Cuando estalla la Guerra del Paraguay, su correspondencia demuestra la atención y la angustia con que seguía esas peripecias. Isidoro J. Ruiz Moreno transcribe párrafos que lo muestran como “un minucioso cronista de la guerra”.

Cuando el mariscal Francisco Solano López invadió por sorpresa la ciudad en Abril de 1865, Derqui se negó a prestarle apoyo, lo que lo llevó a la cárcel brevemente.

Cuando la ciudad fue reconquistada por las tropas argentinas, volvió a la cárcel por sospechoso de haber colaborado con la invasión. Al salir, se encerró en su casa para siempre.

Antes de que concluyera la sangrienta contienda, murió en Corrientes el doctor Santiago Derqui, el 5 de Septiembre de 1867, “en la pobreza más extrema”, según algunos historiadores.

Sus restos demoraron un par de días en inhumarse, a causa de aquella excomunión que le había impuesto el obispo Benito Lascano más de tres décadas atrás. Sea por enemistad personal con el obispo de la diócesis -el mismo Lascano a quien había expulsado de Córdoba 37 años antes-; o por ser masón; o por la imposibilidad de sufragar los gastos del funeral, sus restos permanecieron varios días insepultos hasta que una moción popular logró que se le enterrase en el cementerio de Corrientes.

Levantada la sanción por gestiones del doctor José Roque Funes, pudo ser enterrado en el hoy Santuario de la Santísima Cruz de los Milagros, en la Ciudad de Corrientes. Allí yacen hasta hoy los restos del “presidente olvidado”, como lo llama León Rebollo Paz, en “una urna de rica madera con el escudo argentino tallado”.

Su nombre bautiza calles y escuelas pero -estudiosos aparte- la inmensa mayoría del público ignora quién fue y qué hizo.

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