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Represión de los rebeldes. Mitre en Buenos Aires

El 24 de Enero, el presidente retiró del Paraguay una división de mil veteranos y la envió a Rosario al mando del coronel Arredondo, persuadido de que la sola noticia de su actitud bastaba para aterrorizar a los rebeldes(1); y el 31 del mismo mes, decidió salir él mismo, con dos mil quinientos soldados más, aunque por momentos le asaltaban deseos de quedarse y enviar únicamente un regimiento de caballería para que sableara solo todas las montoneras, al modo de Sandes(2).

(1) Mitre. Carta al vicepresidente Paz (Enero 24 de 1867), en: Archivo del general Mitre, VI, 188.
(2) Mitre. Carta al vicepresidente Paz (Enero 31 de 1867), en: Archivo del general Mitre, VI, 199. // Todo citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A mediados de Febrero, el presidente se hallaba en Rosario, distribuyendo las tropas en los puntos donde se las necesitaba. Allí recibió la visita del gobernador titular de La Rioja, coronel Campos, a quien le indicó la conveniencia de que se uniera al general Taboada, nombrado en ese momento Jefe del Cuerpo de Operaciones en el Norte, con rango igual al que Paunero investía en el sur.

Esto sentó mal al gobernador que, sin ceremonia alguna, resolvió dar por terminada su actuación política(3).

(3) Domingo B. Dávila, “Orígenes nacionales: narraciones riojanas”, en: Revista de Derecho, Historia y Letras, V (Buenos Aires, Jacobo Peuser, 1899), p. 18. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El 27 de Febrero, Mitre entraba en Buenos Aires y asumía la dirección del Ejecutivo, con gran satisfacción de Paz, que veía así terminada su difícil cuanto ambigua situación de presidente a medias.

Mientras tanto, la rebelión se fortalecía en La Rioja y amenazaba propagarse a Catamarca. El caudillo chileno Estanislao Medina juntó una montonera y entró por el lado del Oeste, sin encontrar resistencias durante largo trecho.

El 4 de Marzo de 1867 chocó en Tinogasta con fuerzas catamarqueñas que estaban bajo las órdenes del ex gobernador, Melitón Córdoba. Este jefe recibió un balazo en la cabeza, falleciendo instantáneamente; y sus fuerzas se dispersaron.

El triunfo dio mayores proporciones a la rebelión. Varela reunió todas las montoneras, que llegaron a formar un conjunto de cuatro mil ochocientos hombres y, al verse jefe de fuerzas tan numerosas, trocó su grado de Coronel por el de General, concediéndose el ascenso sin empacho alguno.

Poco después avanzó a su encuentro el general Taboada, al frente de las milicias de Santiago del Estero, Tucumán, Catamarca y Salta, que el presidente había puesto a sus órdenes.

El 18 de Marzo entraron en la capital de La Rioja las milicias tucumanas, que iban a la vanguardia dirigidas por el cura Campo. El gobernador Angel huyó, al aproximarse esas fuerzas y el jefe tucumano encontró la ciudad sin Gobierno y sin nadie que pudiese ocuparlo con arreglo a la Constitución local, pues había vencido el término para el que fue electo el gobernador titular, concluyendo con ello los poderes del delegado.

Forzado así a actuar en asuntos de la vida interna de la provincia, Campo apeló a las prácticas corrientes y convocó a un grupo de ciudadanos para que designasen gobernador provisorio.

Los ciudadanos se reunieron el mismo día en que entraron las fuerzas y con el reducido aporte de diecinueve votos sobre veintidós emitidos, eligieron para ese cargo al ex gobernador San Román.

A los dos días llegó el general Taboada con el grueso de las fuerzas y desconoció el carácter que investía San Román, aduciendo que ni la provincia se hallaba pacificada y en condiciones de designar autoridades, ni unos pocos vecinos vueltos apresuradamente de la emigración podían disponer del Gobierno con abstracción de los demás, ni un jefe de división como Campo podía tomar iniciativa tan grave sin venia de sus superiores.

Enseguida designó un Jefe Político con funciones meramente policiales. San Román protestó por ese desconocimiento. Dijo que, de aceptarse los principios desenvueltos para desconocer el acto que lo había investido gobernador provisorio, se seguiría forzosamente que Taboada tenía el derecho de asumir personalmente, o por un delegado, el Gobierno de la provincia, mientras no la juzgase en aptitud de gobernarse a sí misma.

La organización de un Gobierno provisorio, elegido directamente por el pueblo -expuso San Román- es el único punto de partida legal que puede tomarse para la organización de los Poderes Públicos(4).

(4) San Román. Nota al general Taboada (Marzo 21 de 1867), en: Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina correspondiente a los años de 1867 y 1868, presentada al Congreso Nacional de 1868 (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 240. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

San Román defendía, hasta en sus últimos límites, el concepto de la autonomía y conceptuaba grave atentado el dejar, ni siquiera por un instante, sin Gobierno propio a la provincia, fuera cual fuese la anormalidad de su vida pública; y peor atentado le parecía su sometimiento, aún por lapso brevísimo, a la voluntad de un comisionado o un jefe nacional.

El General estaba absorbido por las operaciones militares, dueño sólo del limitado espacio que ocupaba su campamento y comunicó al reclamante que no podía distraer su atención con las discusiones a que lo provocaba(5).

(5) Taboada. Nota al doctor San Román (Marzo 24 de 1867), en: Registro Oficial de la Provincia de La Rioja, IV (Buenos Aires, Pablo E. Coni e Hijos, 1890), p. 99. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Tampoco consideró la solicitud formulada por un vecino que pedía para sí el poder, a mérito de su carácter de presidente de la Legislatura disuelta y en virtud de determinar la Constitución que a este funcionario correspondía asumir el Gobierno(6).

(6) Vicente Brizuela. Nota al general Taboada (Marzo 24 de 1867), en: Registro Oficial de la Provincia de La Rioja, IV, p. 97. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

San Román elevó su protesta al Ministerio y Rawson resolvió el asunto doctrinariamente. Expuso que, ante una acefalía completa, el representante del Ejecutivo debió designar un gobernador provisorio, respetándose así el principio que sentó el Congreso en la ley de intervención en Catamarca.

Si Campo hubiese efectuado tal nombramiento, el acto habría sido legítimo, aunque sujeto siempre a la aprobación de sus superiores; pero el nombramiento emanado de una diminuta reunión de vecinos pertenecientes a una sola zona del territorio, carecía de carácter legal, puesto que ni la Constitución de la provincia autorizaba el procedimiento ni los ciudadanos reunidos en tan escaso número podían arrogarse los derechos del pueblo, tomada esta palabra en su sentido más lato.

Rawson asestaba, con este argumento, un golpe certero al sentimiento municipal de las ciudades capitales, que por aquella época se tenía como expresivo del sentimiento autonómico, confundiéndose con él en forma subconsciente e injusta.

Agregó el ministro que, en casos muy excepcionales, cuando faltaran autoridades provinciales o nacionales bajo cuya égida pudiesen formarse los Poderes Públicos, una asamblea de ciudadanos podía servir de núcleo inicial, siempre que el asentimiento del país diese fuerza a ese acto de indudable índole revolucionaria; pero tal extremo era inaplicable a La Rioja, donde estaba presente un delegado federal con misión de restablecer el orden.

Y a mérito de estas ideas, ordenó al general Taboada, en nombre del presidente, que designase un gobernador provisorio encargado de los actos estrictamente indispensables para el restablecimiento de los Poderes Públicos(7).

(7) Rawson. Nota al general Antonino Taboada (Abril 16 de 1867), en: Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina correspondiente a los años de 1867 y 1868, presentada al Congreso Nacional de 1868 (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 243. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La decisión ministerial llegó tarde. El 10 de Abril, el general Taboada destruyó a las fuerzas de Varela en el encarnizado combate del Pozo de Vargas, librado a tres leguas de la ciudad de La Rioja, en el cual pelearon alrededor de ocho mil hombres. Los montoneros dejaron el campo cubierto de cadáveres, que formaban una línea en el sitio donde habían fracasado las cuatro cargas que llevaron(8).

(8) A. Taboada. “Carta al gobernador Ibarra” (Abril 10 de 1867), en: “El Norte”, (Santiago del Estero), anticipación al número 164, Abril 15 de 1867. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Después del combate, el General volvió a la ciudad y designó una comisión de vecinos para que recibiesen el voto de los ciudadanos, a objeto de instalar un gobernador provisorio y, el día antes de la elección, se retiró con todas sus fuerzas, para que el acto se realizara libre de influencias.

El 29 de Abril el pueblo procedió a elegir gobernador provisorio a Cesáreo Dávila, por el sufragio de treinta y un ciudadanos contra treinta, que votaron por el ex gobernador Bustos(9): ¡sesenta y un votos en total! Ya fuera de la provincia, Taboada recibió la orden de Rawson y la cumplió confirmando a Dávila en sus funciones.

(9) Lorenzo A. Blanco, Carlos Brizuela, Joaquín González. Bando (hoja impresa). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Dávila no había de conocer la tranquilidad. Aunque despedazada y maltrecha, la montonera poseía el secreto de resurgir donde menos se la sospechara.

En cierta ocasión, el gobernador emprendió la fuga con sus empleados, inducido por falsa alarma, y sólo se detuvo al pisar tierra catamarqueña. Vuelto a La Rioja, la abandonó de nuevo, pero entonces el fantasma no era tal: la montonera de Elizondo estaba ad portas.

El gobernador se asiló otra vez en Catamarca y, tras él, desaparecieron los vecinos expectables. En este desamparo, las señoras se reunieron a deliberar y nombraron gobernador provisorio a un anciano aparatoso y pusilánime.

A los dos o tres días llegó Elizondo y reemplazó al gobernador con otro anciano, Lorenzo A. Blanco, que aceptó el cargo para salvar del pillaje una tienda que poseía, pero, en medio de los festejos con que se agasajaba a la nueva autoridad, vinieron a avisar a su excelencia que la chusma saqueaba el negocio...

El gobernante renunció su cargo, y éste fue a dar a manos del coronel Varela, que por esos días llegó a La Rioja(10).

(10) Salvador De la Colina, “Crónicas riojanas y catamarqueñas”, p. 159, (Buenos Aires, J. Lajouane y compañía, 1920). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El Ejecutivo ordenó nuevamente a Taboada que marchase sobre la provincia. El General cumplió la orden, y repuso a Dávila el 7 de Julio de 1867, a los cincuenta y siete días de haberla abandonado.

La incidencia era un accidente de la rebelión, y el Ejecutivo persistió en la buena doctrina de no considerarla como causa de intervención política, no obstante existir de por medio un gobernador depuesto, a quien se debía reponer en el libre ejercicio de sus funciones.

Antes de que Taboada derrotase las montoneras del Norte, Paunero había deshecho a los rebeldes de Cuyo.

El 17 de Marzo de 1867, Paunero reiniciaba la ofensiva desde Río Cuarto, con tres mil ochocientos soldados de línea y milicia, fogueados muchos de ellos en los campos del Paraguay, y el 1 de Abril estas tropas, a las órdenes -en la emergencia- del segundo jefe, coronel Arredondo, derrotaban por completo a las fuerzas rebeldes, que se presentaron al mando del general Juan Saá, con un efectivo que oscilaba entre tres mil quinientos y cuatro mil hombres.

El combate se produjo en San Ignacio, lugar situado sobre el río Quinto, equidistante entre la ciudad de San Luis y la villa de Mercedes.

El 5 de Abril, Paunero entró en la capital de San Luis; se reunió la Legislatura y designó gobernador interino a su presidente, Rufino Lucero y Sosa, hasta tanto regresase el propietario, Daract, hecho que debía ocurrir el 1 de Mayo.

De inmediato prosiguió Paunero la marcha hacia Mendoza. El 11 de Abril, Rodríguez y los hermanos Saá huyeron a Chile, encomendando el cuidado del orden al vicepresidente de la Legislatura derrocada. Al día siguiente se reunieron varios vecinos y nombraron un gobernador provisorio.

El 16 de Abril llegó Paunero y designó, para ocupar ese cargo, a Nicolás A. Villanueva, considerando que la situación de la provincia era similar a la que proveía la ley de intervención en Catamarca.

Como se ve, Paunero subsanaba la acefalía provincial, designando un gobernador provisorio sin asumir el Gobierno, aunque ello fuera por horas, pues debía ponerle término el regreso del propietario. Al tiempo en que dictaba esta medida política, el General ordenó una nueva recaudación de los derechos de aduana y sometió a los rebeldes a la jurisdicción criminal de los Tribunales provinciales para su enjuiciamiento y castigo.

El 27 de Abril repuso al gobernador Arroyo, que en esa fecha volvió a Mendoza.

En San Juan, Videla había delegado el Gobierno desde el 1 de Marzo en el coronel José Bernardo Molina.

El 6 de Abril, notificado Molina del desastre de San Ignacio, emprendió junto con el Jefe de Policía, José M. Belomo, la retirada usual en tales trances, pero con tan mala suerte que ambos fueron detenidos en la Iglesia de Jáchal, juzgados allí sumariamente y fusilados en el acto, por miedo -dijo el autor de la ejecución- a que alguna fuerza adicta hiciese ilusorias las sanciones que a su juicio aquéllos merecían(11).

(11) Francisco D. Aguilar. Nota al gobernador Soaje (Abril 12 de 1867), en: “Boletín del Zonda”, (San Juan), Nro. 3, Abril 14 de 1867. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Al amanecer del día 7 y encontrando la provincia sin autoridades, el Comandante General de Armas expidió un decreto designando gobernador provisorio al presidente de la Cámara de Justicia y, luego de producir este acto curioso, fugó de la capital.

El gobernador así designado reunió a algunos vecinos que confirmaron el nombramiento, pero a los tres días lo renunció. Electo otro provisorio, el 20 de Abril volvió a su cargo el gobernador titular, Camilo Rojo.

Las autoridades legítimas de las provincias de Cuyo quedaban repuestas, por resolución del comisionado las de Mendoza y por simple acción propia las de San Juan y San Luis. Sin embargo, las dificultades no debían desaparecer instantáneamente, después de tantos trastornos como ocurrieron.

Paunero continuó por algún tiempo en Cuyo vigilando todo lo relativo al aniquilamiento de los rebeldes. En atención a que los promotores, autores y cómplices de la rebelión eran reos de delitos nacionales, justiciables ante la Justicia Federal, Rawson dispuso el nombramiento de fiscales ad hoc para que demandasen los pertinentes castigos(12).

(12) Rawson. Instrucciones al comisionado Paunero (Abril 23 de 1867), en: Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina correspondiente a los años de 1867 y 1868, presentada al Congreso Nacional de 1868 (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 159. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Esta política de fuerza, los malos momentos pasados desde los primeros días de la rebelión, la impopularidad revelada en su fácil caída y algunos rozamientos entre el poder civil de las provincias y el poder militar de la Nación, trabajaron poco a poco el ánimo de los gobernadores de Cuyo, que empezaron a mirar con desapego una función pública tan erizada de dificultades.

Los gobernadores fueron renunciando uno tras otro: primero Daract (29 de Mayo), luego Arroyo (11 de Junio) y por último Rojo (22 de Agosto) y, tras breves interinatos, los reemplazaron, respectivamente, José R. Lucero y Sosa, Nicolás A. Villanueva y Manuel José Zavalla.

El general Paunero regresó al Litoral con el grueso de las tropas, pero algunos destacamentos quedaron en las tres provincias con el encargo de velar por la paz pública.

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