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Revolución de los Colorados

El 1 de Noviembre de 1866, Melitón Arroyo ocupó la gobernación de Mendoza, impuesto por su antecesor, pariente suyo, y ante la protesta pacífica de algunos ciudadanos que veían transmitirse el cargo público como bien de familia. Ocho días después se amotinaban los gendarmes de policía, cansados de solicitar el pago de sus haberes atrasados.

Sin plan que cumplir, los gendarmes se entregaron al desorden por el desorden mismo; consiguieron la adhesión de doscientos ochenta hombres, que el Gobierno había reclutado para enviar a la guerra, y abrieron las puertas de la cárcel, armando a los sesenta presos allí alojados, entre quienes figuraba el que habría de ser jefe del movimiento, Carlos Juan Rodríguez, ex ministro del Gobierno puntano durante la intervención en San Juan de 1880 y ex Senador en tiempos de la Confederación.

El motín estalló a medianoche, mientras el flamante gobernador asistía a un baile dado en su honor, del que salió a pie y presuroso en la madrugada del día 9, para detenerse al llegar a Luján, donde estaba de guarnición un regimiento nacional que defendía la frontera contra los indios.

Era jefe del regimiento el ya comandante Irrazábal. El gobernador pidió al comandante que sofocase el motín  y éste se comedió a ello, en cumplimiento de instrucciones impartidas a los Jefes de Frontera para semejantes casos por el ministro de Guerra y Marina(1).

(1) Irrazábal. Nota al ministro González (Noviembre 21 de 1866), en: “El Eco de Córdoba”, Nro. 1.184, Diciembre 14 de 1866. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El ministro, en efecto, había ordenado a las fuerzas destacadas en las provincias que auxiliasen a las autoridades cuando fuesen requeridas frente a movimientos no políticos, caracterizados como simples desórdenes de policía: motín de gendarmes, evasión de presos, sublevación de reclutas(2).

(2) Paunero. Nota al gobernador Rodríguez (Enero 8 de 1867), en: Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 23. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Lo que quiere decir que el Ejército cumplía -en 1866- con funciones análogas a las de 1855, aunque con un alcance menor.

Desde los primeros instantes, Rodríguez apareció a la cabeza de una especie de Junta encargada del mantenimiento del orden. El 10 de Noviembre, unos cincuenta vecinos se reunieron en el local de la Legislatura, con asistencia del presidente del Cuerpo, Hilario Correas, y designaron a Rodríguez, gobernador provisorio, no obstante corresponder a aquél el ejercicio constitucional del Gobierno en ausencia del propietario.

Los momentos subsiguientes fueron de desorientación o temor para el gobernador provisorio. Pasó primero una comunicación al titular, Arroyo, comunicándole los sucesos ocurridos durante su ausencia y recabándole una medida para calmar las pasiones, que podía consistir en su renuncia o en la separación de algunos funcionarios a quienes los amotinados resistían.

Como Arroyo no respondiese, Rodríguez pidió a Correas que convocara la Legislatura, a lo que éste contestó que no podía hacerlo por conceptuarse él mismo destituido del cargo de presidente.

Entonces reprodujo la solicitud ante el vicepresidente de la Legislatura, acompañando la promesa de entregarle el Gobierno en su carácter de sustituto constitucional; pero el interpelado se negó a convocar el Cuerpo, por constarle la ausencia de la mayoría de los legisladores y a recibir el Gobierno, porque el caso no era de imposibilidad física del gobernador, único en que se consideraba autorizado para sustituirlo(3).

(3) Rodríguez. Nota al comisionado Paunero (Diciembre 7 de 1866), en: Paunero. Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 14. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A todo esto, los sediciosos se armaban y organizaban. El doctor Agustín Alvarez, por entonces muy niño, ha relatado los procedimientos de esa revolución, análogos a todas las de la época.

Refiere que en la mañana del 10 de Noviembre un grupo de forajidos a caballo se presentaron de improviso en el patio de su casa, armados con sable, revólver o carabina, preguntando dónde estaban los peones y los caballos para llevárselos y ordenando que les alcanzasen las cosas aprovechables que divisaban.

Registraron la casa y se apoderaron de los caballos; los peones habían huido a tiempo. Lo propio ocurrió en los demás hogares, con más o menos variantes, siendo apresados en las calles los peatones, jinetes y conductores, con cabalgadura, vehículo y todo(4).

(4) Agustín Alvarez, “Breve historia de la Provincia de Mendoza”, en: Francisco Latzina y Alberto B. Martínez. Censo General de la Provincia de Mendoza levantado el 18 de Agosto de 1909 durante la Administración del doctor Emilio Civit (Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, 1910), página LXIX. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Estos expeditivos medios de reclutamiento y abastecimiento eran los únicos conocidos en toda la República, mutatis mutandis, para levantar fuerzas.

Caudillo de tropas así formadas, el gobernador provisorio proclamó la revolución. La forma republicana -declararon los revolucionarios- no existía en la provincia desde años atrás. La Legislatura, compuesta de veinticinco diputados, contaba veintiuno de una sola familia; y el gobernador, ministro y jueces estaban ligados con aquéllos por estrechos vínculos de sangre.

En Mendoza reinaba, pues, un crudo nepotismo; ésta es una variación de la oligarquía y “la oligarquía -decían los revolucionarios- no es forma democrática, sino monárquica(5).

(5) Rodríguez. Nota al comisionado Paunero (Diciembre 7 de 1866), en: Paunero, Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 15. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Por vez primera aparecía en la República tal tesis, como ahogada en efímero acto de provincia; más de veinte años tendrían que pasar para que un partido político la inscribiese en su programa, y más de cuarenta para que se la admitiese en la doctrina legal.

Entretanto ahí quedaba, regada con sangre de montoneros, la semilla que luego habría de germinar en la Unión Cívica del frontón de Buenos Aires y fructificar en la Ley Saenz Peña.

No obstante, vocero más calificado de la tesis fue el propio presidente, que ya había hablado con lenguaje similar cuando dos años antes tuvo que pronunciarse frente al conflicto salteño.

En la nueva ocasión, expresó Mitre que los malos gobernantes -como los de Mendoza- “habían llegado a anular el sistema representativo, aboliendo la elección y dando así mayor asidero a la anarquía, proclamando el desorden desde lo alto del Gobierno(6).

(6) Mitre. Carta al vicepresidente Paz (Enero 24 de 1867), en: Archivo del general Mitre, VI, 186. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Sin embargo, aunque coincidiese en su esencia el pensamiento del presidente con el de los revolucionarios, distinta tenía que ser la posición de uno y otros, pues aquél no admitía rencillas caseras en momentos en que la honra común exigía la unión sagrada: la revolución era un crimen y la fuerza debía obrar con rapidez para reprimirla.

Instado por el gobernador de Mendoza, el vicepresidente dispuso la intervención por decreto que el 21 de Noviembre suscribió en acuerdo de ministros. Resolvió intervenir, no sólo en cumplimiento del artículo 6to., sino porque correspondía reprimir pronta y vigorosamente las revueltas cuyo efecto era embarazar la acción del Gobierno en la guerra nacional, que debía contar con el apoyo de todos.

Designóse comisionado al general Paunero, para que repusiese las autoridades derrocadas, y fueron puestas a sus órdenes numerosas fuerzas, compuestas por algunas tropas del Ejército y por cuantas milicias pudieran levantar Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan y La Rioja.

Departamento del Interior

Buenos Aires, Noviembre 21 de 1866

Habiendo sido derrocadas por una sedición las Autoridades constituidas de la Provincia de Mendoza y requerido éstas en consecuencia su reposición por la intervención del Gobierno Nacional;
Y considerando que no sólo es deber constitucional acudir a esta legitima demanda, sino que corresponde a las exigencias actuales de la República reprimir pronto y rigurosamente estos movimientos sediciosos, cuyo primer efecto es embarazar parcialmente la acción del Gobierno en la guerra nacional que la República sostiene y a la cual deben concurrir todos los elementos del pais,
El Vicepresidente de la República, en ejercicio del Poder Ejecutivo,

Ha acordado y decreta:

Art. 1.- Encárgase al general don Wenceslao Paunero la comisión de restablecer en Mendoza las Autoridades legales que han sido derrocadas por motín del 9 del corriente.
Art. 2.- Por el Ministerio de la Guerra se tomarán las disposiciones convenientes para poner a las órdenes del Comisionado las Fuerzas suficientes para desempeñar eficazmente su comisión; y se declara además especialmente movilizada para el mismo objeto la Guardia Nacional de las Provincias de Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan y La Rioja, pudiendo el Comisionado usar de ellas en la forma y el número que se considere necesario.
Art. 3.- Extiéndanse las instrucciones acordadas, comuníquese a quienes corresponda, publíquese y dése al Registro Nacional.

PAZ
Guillermo Rawson, Lucas González,
Rufino de Elizalde, Eduardo Costa, José M. Moreno

Por el momento se consideraba la revolución como meramente local, pero el Ejecutivo tenía presente la idea de que fuese parte de un plan más vasto, inclinado a tal sospecha por sugestivos informes provenientes de San Juan y San Luis.

En las instrucciones que Rawson impartió al Comisionado, se le previno que no excluyera la hipótesis relativa al carácter de rebelión que pudiese presentar el movimiento; pero su injerencia debía ser pacífica, mientras los revolucionarios la acataran o en otras provincias no estallaran actos análogos al de Mendoza y relacionados con él, debiendo el comisionado -en tales supuestos- dominar las resistencias, apresar los rebeldes y someterlos a los jueces federales.

Agregaban las instrucciones que el comisionado se entendería con los gobernadores de las provincias de su tránsito y de aquéllas cuyas milicias se convocaban, cuidando observar en el trato los miramientos debidos; mas, si algún gobernador se mostrase moroso en reunir las milicias o contrariase de modo evidente el progreso de la Intervención, el comisionado convocaría directamente las milicias y ordenaría la provisión de los implementos necesarios.

Prohibíase a los miembros de la intervención -por fin- participar en las cuestiones políticas, debiendo todos evidenciar el carácter elevado y eminentemente nacional de la misión que cumplirían(7).

(7) Rawson. Instrucciones al comisionado Paunero (Noviembre 22 de 1866), en: Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 102. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El primer cuidado de los sediciosos -a quienes se llamó los colorados, porque usaban el cintillo punzó, distintivo de los federales- fue impedir la intromisión del regimiento de la frontera. El comandante Irrazábal, según ellos, ejercía una intervención improcedente, sin órdenes del Gobierno Federal; y cumplía rechazarla en defensa de la dignidad de la provincia(8).

(8) Rodríguez. Nota al comisionado Paunero (Diciembre 7 de 1866), en: Paunero. Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 15. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Por consiguiente, las fuerzas revolucionarias salieron rumbo a Luján, bajo el mando del coronel Juan de Dios Videla, con el propósito de impedir el avance de Irrazábal. Hubo dos combates y en ambos venció Videla, determinando la fuga de Irrazábal hacia San Juan con los pocos soldados que pudieron acompañarlo. Videla marchó en su seguimiento. Pocos dudaron entonces de la verdadera índole de la revuelta.

A fines de Noviembre, la Legislatura sanjuanina, respirando ya aires de borrasca, ordenó al gobernador Camilo Rojo -sucesor de Sarmiento desde la designación recaída en éste, dos años atrás, de ministro plenipotenciario en Estados Unidos- que requiriese el auxilio federal a efectos de sostener las autoridades contra los conatos de asonada local y la actitud hostil de los colorados mendocinos(9).

(9) Legislatura de San Juan, sesión de Noviembre 21 de 1866. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El gobernador formalizó el requerimiento, agregando noticias oficiales y confidenciales acería de un plan de rebelión(10); y Rawson se redujo a transmitir la nota al comisionado y a asegurar al gobernador que sería defendido de los embates revolucionarios. Si el movimiento se propagase a San Juan, el ministro prometía declarar rebeldes a sus autores(11).

(10) Rojo. Nota al ministro Rawson (Noviembre 22 de 1866), en: Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 117.
(11) Rawson. Nota al gobernador Rojo (Diciembre 4 de 1866), en: Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 127. // Todo citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Temió el Ejecutivo que el espíritu revolucionario se generalizase, creándole graves preocupaciones. Convenía, en tales circunstancias, conocer los elementos disponibles; y el vicepresidente ordenó que el decreto de intervención en Mendoza fuese comunicado a las provincias, como concitando un voto nacional de solidaridad y apoyo.

Las respuestas expresaron distintos sentimientos. El doctor Adolfo Alsina -jefe de los autonomistas y gobernador de Buenos Aires que, a pesar de su oposición al presidente, cultivaba muy buenas relaciones con el vicepresidente-, ofreció la ayuda de todos los elementos provinciales, declarando que cualquier movimiento sedicioso, fuera cual fuese su bandera, importaba en esos momentos un delito de traición a la patria(12).

(12) Alsina. Nota al ministro Rawson (Noviembre 23 de 1866), en: Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina correspondiente a los años de 1867 y 1868, presentada al Congreso Nacional de 1868 (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 107. También suscribió esta nota el ministro, doctor Nicolás Avellaneda. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, se expresó también en términos claros, mientras en Rosario cooperaba con Paunero a la formación de nuevos núcleos de fuerzas armadas.

En cambio, el gobernador de Córdoba, doctor Luque, se circunscribió a manifestar que cumpliría el decreto en la parte concerniente, o sea, en lo relativo a la movilización de milicias y, el de Entre Ríos, José M. Domínguez -que desde 1864 reemplazaba a Urquiza- acusó recibo del decreto con sequedad pronunciada, omitiendo palabras aprobatorias.

Cuando supo que Paunero marchaba sobre Mendoza, el gobernador revolucionario se dirigió a él previniéndole la actitud que adoptaría.

Yendo la revolución contra un sistema oligárquico, había que intervenir, a su juicio, no en defensa de las autoridades depuestas, sino para restaurar la forma republicana mediante la institución de un nuevo Gobierno.

Rechazaba enseguida Rodríguez la sospecha de que la revolución de los colorados fuese criminal, declarando que no iba dirigida contra las autoridades federales ni se proponía entorpecer la marcha de la guerra: si se armaba, lo hacía constreñida por la agresión de un regimiento erigido de motu proprio en Interventor y por las disposiciones amenazantes del Gobierno sanjuanino. Terminaba declarando que recibiría tranquilamente al comisionado, pero no a sus fuerzas, cuya presencia juzgaba innecesaria(13).

(13) Rodríguez. Nota al comisionado Paunero (Diciembre 7 de 1866), en: Paunero. Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 19. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La imputación hecha al Gobierno de San Juan era exacta en parte, ya que éste, creyéndose amenazado por los mendocinos, había solicitado hombres y armas de La Rioja; y el coronel Julio Campos, gobernador de esta provincia, salió hacia San Juan el 29 de Noviembre a la cabeza de algunas fuerzas, delegando el Gobierno en el ministro, doctor Guillermo San Román.

Más ejecutivo que las autoridades nacionales y menos atadas que ellas a preocupaciones jurídicas, Campos no había esperado, como se ve, a que la rebelión se definiese claramente. Una vez reunidas las fuerzas riojanas y sanjuaninas, la posición de ambas resultaba de franca hostilidad contra la revolución de Mendoza.

Lo cierto es que hasta entonces la revolución de los colorados aparecía desprovista de los atributos externos de la rebelión; y así lo vino a reconocer posteriormente el Senado Nacional por medio de un importante acto.

Al estallar la revuelta, el Juez Federal de Mendoza, doctor Juan Palma, escribió una calurosa carta en la que se ofrecía a los jefes de la misma como simple soldado para defender la tranquilidad pública.

Tiempo después, cuando la revolución se pronunciaba contra la autoridad nacional, el juez se trasladó a Chile para sustraerse a las influencias políticas. A raíz de estos hechos, la Cámara de Diputados lo llevó ante el Senado, acusándolo como rebelde; y este Cuerpo, luego de muchas deliberaciones, lo absolvió de culpa y cargo, estableciendo en tal forma la falta de complicidad de cuantos habían actuado en la etapa inicial de la revolución.

Sin embargo, el futuro carácter del movimiento estuvo anunciado desde un principio por múltiples circunstancias, entre las que eran bien sugestivas la organización de numerosas fuerzas y la presencia de los principales jefes que Pavón obligó a expatriarse; y para las masas tenía un valor sentimental definitivo el cintillo punzó, consustancial con la Federación y la mazorca.

E1 general Paunero imprimió extrema lentitud a su marcha. Salido de Buenos Aires el 22 de Noviembre, a fines del mismo mes partió de Rosario, y llegó a Fraile Muerto el 1 de Diciembre. La provincia de Córdoba lo recibió hostilmente.

- "¿A qué viene Paunero?”, preguntaban los gubernistas a los opositores; “¿No miráis que es desacreditar al Gobierno Nacional, de que os mostráis paladines, sostener que puede intervenir sin requisición de sus autoridades constituidas?(14).

(14) “El Eco de Córdoba”, Nro. 1.175, Diciembre 2 de 1866. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Según esto, las autoridades federales se desacreditaban, porque permitían a sus soldados estacionarse en una provincia que no los había llamado, ya que la presencia de aquéllos, por momentánea que fuera, importaba acto de intervención política...

El General se detuvo en Fraile Muerto más de una quincena, y luego atravesó la provincia sin pasar por la capital y el 21 de Diciembre acampó cerca de la ciudad de San Luis, donde permaneció quieto por más de veinte días.

En esos momentos, Mendoza estuvo cercada por mil doscientos hombres que Campos tenía en San Juan y por dos mil que estaban con Paunero en San Luis. Sólo entonces, el General contestó la nota que el gobernador provisorio le había remitido un mes atrás. La demora obedeció a un propósito plausible, cual fue el de esperar instrucciones de Buenos Aires. Llegadas éstas, Paunero reprodujo casi a la letra las reflexiones que le sugirió el ministro(15).

(15) Rawson. Nota al comisionado Paunero (Diciembre 17 de 1866), en: Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina correspondiente a los años de 1867 y 1868, presentada al Congreso Nacional de 1868 (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 140. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La respuesta fue seca y enérgica. Comunicóse al gobernador provisorio que el objeto de la intervención era restablecer las autoridades depuestas, cuya legalidad estaba aceptada por el Gobierno Federal, pues el Ejecutivo había reconocido al gobernador Arroyo por el hecho de mantener con él relaciones normales y el Senado había reconocido a la Legislatura al admitir en su seno a un ciudadano elegido por su voto.

Cerrábase con esta importante declaración todo debate sobre trastorno de la forma republicana.

La manifestación, sin embargo, se ponía en pugna con la tesis desenvuelta hacía poco por la Comisión de Negocios Constitucionales del Senado, según la cual el examen de las autoridades requirentes -desde el punto de vista de sus condiciones republicanas- debe preceder a la aceptación del pedido o a su rechazo y, frente a ella, levantaba la única otra tesis que cabe en el asunto, o sea, que el juicio no debe ser posterior al requerimiento, sino anterior y fundado en hechos objetivos también anteriores, tal como el reconocimiento del gobernador por el Ejecutivo o el de la Legislatura por el Senado.

Resuelto punto tan grave, la nota justificaba la conducta del comandante Irrazábal, quien había obrado de acuerdo con las instrucciones de que ya hizo mérito y con arreglo a facultades concedidas por el Ejecutivo al gobernador durante el estado de sitio, entre las cuales existían algunas de carácter militar.

Intimábase, por último, el desarme ce la revolución; pedíanse explicaciones categóricas acerca de unas piezas de correspondencia sustraídas o violentadas; y exigíase la entrega de determinados desertores, a fin de someterlos a juicio, así como el castigo de las bandas armadas que en esos momentos invadían San Juan. Para todo esto se fijaba un plazo de seis días(16).

(16) Paunero. Nota al gobernador Rodríguez (Enero 8 de 1867), en: Paunero. Memoria del comisionado del Gobierno Nacional, brigadier general don Wenceslao Paunero sobre la intervención en las provincias de Cuyo (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1868), p. 23. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VII: “La rebelión de Cuyo”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Lejos, pues, de tratarse a los revolucionarios con benevolencia, se exigía de ellos la sumisión absoluta y se les indicaba ese camino o el de la lucha sangrienta.

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