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Rebelión de Peñaloza

Las primeras perturbaciones se manifestaron en el Oeste, al pie de la Cordillera, y corrieron como sobre reguero de pólvora hasta el centro de la República. Varios síntomas anunciaron el estallido.

El día del primer aniversario de Pavón, el general Peñaloza se dirigió al general Paunero, dándole el sugestivo título de Jefe del Ejército de Buenos Aires, para denunciarle que los Gobiernos de San Juan y San Luis no respetaban el convenio, lo que comunicaba por lealtad, pues él lo acataría tan sólo mientras fuese cumplido en todas partes(1).

(1) Peñaloza. Nota de Septiembre 17 de 1862, en: Archivo del general Mitre, XI, p. 214. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Justo al mes de escrita tal carta, Villafañe renunció la gobernación de La Rioja, declarando que el puesto “cada vez más se hace difícil para desempeñarlo...(2); y, por ese tiempo, los gobernadores de San Luis y Córdoba acosaban con pedidos de fuerzas al general Paunero, mientras éste permanecía en Villa Nueva, levantando el campamento que debía trasladar a Rosario.

(2) Villafañe. Carta al gobernador Mitre (Octubre 9 de 1862), en: Archivo del general Mitre, XI, p. 205. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El general rehusó su ayuda, porque no correspondía a la Nación ejercer la simple policía de seguridad dentro de las provincias, pero en lo íntimo juzgaba indispensable que se protegiese a los pueblos, creando en el Interior algunas plazas fuertes.

Paunero entendía, como todos sus contemporáneos, que la permanencia de fuerzas nacionales en territorio provincial, significaba ejercer una intervención política; más, a pesar de ello, sostenía su juicio, aunque importase acabar con el federalismo.

La soberanía federal de Estados en la República Argentina -decía- es una quimera, porque se reduce a que cada gobernador oprima y mande su provincia con mano de hierro y sin la menor responsabilidad(3).

(3) Carta al presidente Mitre (Octubre 21 de 1862), en: Archivo del general Mitre, XI, p. 222. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A causa de la renuncia de Villafañe, Francisco S. Gómez ocupó el cargo de gobernador de La Rioja con carácter interino. No obstante el cambio de personas, el desempeño del puesto continuaba siendo “cada vez más difícil”.

En los primeros días de 1863, llegó a la provincia Régulo Martínez, funcionario nacional a quien acompañaban dos sirvientes y dos gendarmes sanjuaninos. Fue recibido con visible temor. Al aproximarse a cada lugar, producíase una disparada en masa de toda la población masculina; por la noche, los gauchos regresaban a lanzar alaridos desde respetable distancia.

Probablemente -contó Martínez- se figuraban que mi gente era vanguardia del terrible comandante Arredondo, verdadera pesadilla de las chusmas”. En Aimogasta se le “presentaron tres gauchos armados: el que hacía de jefe preguntó, desde lejos y sin bajarse del caballo, que quién era el jefe de la partida armada que entraba sin permiso en aquel territorio”.

Martínez llegó a la capital a las nueve de la noche. Cundió gran alarma en el piquete de la Casa de Gobierno y en la fuerza del Cuartel, desertaron algunos soldados, y varias vecinas llevaron la noticia a Peñaloza.

Este, con la gente que se encontraba en su casa, mujer, etc., huyó al campo. Angel, Ontiveros y otros se encontraban en una reunión a orillas del pueblo; y a la voz de ¡están degollando en la plaza!, se apretaron el gorro.
En su fuga, Carlos Angel hubo de quemarse un pie en una olla de mazamorra... La emigración era general, escondiendo las familias de la plebe sus mejores ropas(4).

(4) Martínez. Carta al presidente Mitre (Enero 14 de 1863), en: Archivo del general Mitre, XII, p. 265. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La situación política de la provincia era evidentemente inestable. Gómez, impotente para sostenerse, requirió la Intervención federal por nota de 28 de Enero de 1863, manifestando que se hallaba imposibilitado de regularizar el Gobierno, como lo evidenciaba el hecho de que la Legislatura no se reunía ni aún para el urgente objeto de nombrar gobernador propietario.

El Ejecutivo excusó su ayuda. En este caso nuevo y raro -explicó el ministro del Interior- no se denunciaba ninguna sedición, y mal podía intervenir cuando las autoridades no estaban derrocadas ni aparecían amenazadas de serlo(5).

(5) [Rawson] Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina presentada al Congreso Nacional de 1863 (Buenos Aires, El Siglo, 1863), página IX. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El 2 de Marzo, el gobernador Gómez se dirigió nuevamente al Ejecutivo, comunicando el estallido de un motín en la Villa de Famatina y, poco después, huyó de La Rioja, arrollado por la revolución que se generalizaba. Los revolucionarios entregaron el Gobierno a Juan Bernardo Carrizo, previo simulacro de asamblea pública.

La alarma cundió por todo el Norte. El 11 de Marzo, el gobernador de Catamarca comunicó al de Santiago del Estero sus temores de una próxima invasión riojana, que suponía parte de un plan nacional dirigido por Urquiza y secundado por Navarro(6).

(6) Correa. Carta al gobernador Taboada, en: Archivo del general Mitre, XXV, p. 231. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A mediados del mismo mes, Peñaloza apareció sin reparos a la cabeza del movimiento y escribió a sus amigos avisándoles el retorno de épocas pasadas: en vez de practicar la fusión de los partidos -¡el programa de Urquiza!-, los nuevos gobernantes se habían erigido en dictadores y tiranos, provocando el levantamiento de los pueblos(7).

(7) Peñaloza. Carta al coronel Iseas (Marzo 26 de 1863) en: “Obras de D. F. Sarmiento”, VII, p. 311. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Enseguida, el infatigable caudillo exhumó el nombramiento de jefe de cuerpo de Ejército que le habían conferido las autoridades nacionales antes de Pavón y se puso en campaña anunciando que iba a restaurar las instituciones, tal como bajo la noble dirección de Urquiza surgieron en Caseros(8).

(8) Peñaloza. Manifiesto a las Provincias (Marzo 26 de 1863) en: “La Nación Argentina”, (Buenos Aires), Nro. 176, Abril 19 de 1863. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Dominante en su provincia, Peñaloza abrió operaciones sobre Córdoba, adonde envió al coronel Fructuoso Ontiveros, quien sublevó la región serrana y desde Dolores intimó la renuncia del gobernador, manifestando que con diez mil hombres iba a dar libertad federal a los pueblos oprimidos por los unitarios, que se disfrazaban con el nombre de liberales(9).

(9) Ontiveros. Nota al gobernador Posse (Marzo 26 de 1863) en: Antonio Zinny, “Historia de los gobernadores de las Provincias Argentinas”, II (Buenos Aires, Imprenta y Librería de Mayo, 1880), p. 386. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El gobernador cordobés se preparó para la defensa, convocando sin pérdida de momento las milicias.

No bien los sucesos llegaron a este punto, el Ejecutivo delegó en el gobernador Sarmiento las facultades necesarias para restituir a La Rioja el orden y la tranquilidad y preservar a las provincias circunvecinas de los actos vandálicos de que Córdoba era víctima.

Los hechos producidos hasta entonces constituían, en concepto del Ejecutivo, lo que la Constitución llama guerra civil, que debe ser sofocada y reprimida por el Gobierno Federal; por otra parte, el Ejecutivo tomaba en cuenta también el pedido de intervención que formuló el gobernador interino de La Rioja, a efectos de terminar con las dificultades que impedían el establecimiento de gobernador propietario(10).

(10) Rawson. Nota al gobernador Carrizo (Marzo 30 de 1863) en: Memoria del Ministerio del Interior de la República Argentina presentada al Congreso Nacional de 1863, p. 33. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El título que se dio al gobernador de San Juan fue el de “encargado de dirigir la guerra”. Los propósitos del Ejecutivo eran bien explícitos.

Mi idea -explicaba Mitre- se resume en dos palabras: quiero hacer en La Rioja una guerra de policía. La Rioja es una cueva de ladrones, que amenaza a los vecinos y donde no hay Gobierno que haga ni la policía de la provincia(11).

(11) Mitre. Carta al gobernador Sarmiento (Marzo 20 de 1863), en: “Sarmiento-Mitre. Correspondencia 1846-1868”, p. 182. Buenos Aires, Imp. de Coni Hermanos, 1911. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

De cómo iba a cumplir el encargo el gobernador de San Juan, daba cuenta una carta que éste había escrito al presidente, en la que aconsejaba la guerra a sangre y fuego e indicaba a Sandes como hombre capaz de realizarla con éxito, siempre que se le otorgase carta blanca.

Si mata gente -había expresado Sarmiento-, cállense la boca: son animales bípedos de tan perversa condición, que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor(12).

(12) Sarmiento. Carta al presidente Mitre (Marzo 24 de 1863), en: “Sarmiento-Mitre, Correspondencia 1846-1868”, p. 179. Buenos Aires, Imp. de Coni Hermanos, 1911 // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I, capítulo VI: “Destrucción de las montoneras”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La actitud del Ejecutivo es digna de señalarse. Pudo disponer una Intervención tomando como base el requerimiento del gobernador de La Rioja o el hecho de la sedición extendida a más de una provincia, conforme al criterio que Mitre había vertido en la Convención de 1860; pero no procedió así, tal vez porque estaban en juego valores más graves que los de una simple asonada.

Pudo acogerse a la doctrina de que corresponde intervenir en los casos de rebelión, doctrina ya desenvuelta varias veces; más sospechó quizá que este principio era aplicable a los casos en que un Gobierno de provincia fuese el rebelde.

En vez de dictar un decreto de Intervención, el Ejecutivo expidió simples notas administrativas; en vez de designar un comisionado, impartió instrucciones a uno de sus agentes naturales; en vez de recurrir al resorte político y extraordinario del artículo 6to., se atuvo a las funciones militares que le competen en todo tiempo.

Cierto es que mencionó el requerimiento del gobernador, pero sin asignarle importancia: ya a título de mera cortesía, ya para justificar futuros actos de intervención a que obligase alguna acefalía imprevista.

Más precisa fue la alusión al artículo 109; alusión errónea, pues si bien era exacto que una provincia se lanzaba contra otras, también lo era que la lucha no se entablaba contra los Gobiernos locales, sino contra el Gobierno Federal, lo que quiere decir que el caso difería del que contempla dicho artículo.

Sin duda, faltaba en todo esto precisión y claridad; pero resulta visible el propósito de sacar la cuestión del campo delimitado por el artículo 6to.. Pugnaba por exteriorizarse la idea de que no constituyen acto de injerencia política las operaciones militares realizadas en el territorio de la República cuando no es móvil de ellas mezclarse en los negocios de las Administraciones locales. 

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