El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Graves desacuerdos generan desequilibrios políticos

- El principio del fin de la rebelión correntina

El Gobernador y el Director de la Guerra eran los únicos conocedores de la proposición de Justo José de Urquiza; sin embargo, el hecho se hizo público y la calumnia difundió la noticia que el primero de aquéllos había aceptado transar con el enemigo a fin de salvar a su hermano a costa del sacrificio de la provincia y del general José María Paz.

El doctor Manuel Florencio Mantilla da su versión de los hechos:

"Era un ardid malévolo de la política de hostilidad contra Madariaga, nacida el año anterior en el Cuartel General de Villanueva, bajo la inspiración del intrigante doctor Santiago Derqui, hombre de la entera confianza del general Paz, política en la que estaban comprometidos militares de la provincia, enemigos del gobernador, que dificultaron la expedición de 1843, buscados y colocados preferentemente por el Director, no obstante ser malqueridos de la tropa correntina(1), los descontentos de la situación, que no faltan en los mejores Gobiernos, los aspirantes sin méritos, que anhelan mudanzas por si en los cambios medran, los jefes y oficiales predilectos, así como los amigos del general Paz".

(1) El general José Domingo Abalos y el coronel Manuel Ocampos. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo II, capítulo XI: “Guerra contra la tiranía de Rosas. (1843-1845)”, parágrafo 204. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

"Las maquinaciones de esa política -prosigue el historiador correntino- fueron activísimas durante la invasión, de lo que resultó anarquía disolvente en el Ejército, privado ya entonces de jefes distinguidos, como los coroneles Carlos Paz, Manuel Saavedra, Dionisio Ferreyra, retirados por la ojeriza del Director, a quienes el gobernador trató con la distinción a que eran acreedores".

Para Madariaga eran igualmente dignos de estimación los jefes “provincianos” y los “porteños” y, sin preocuparse de dónde eran nativos, los ocupaba según la competencia de ellos. El general Paz tenía mala voluntad a “los porteños”, a quienes consideraba agentes de la Comisión Argentina organizada en Montevideo.

Cuando los nombrados en el texto y otros se retiraron del Ejército acampado en Villanueva, ofrecieron sus servicios al gobernador y éste los ocupó con anuencia reservada del general Paz. Este se quejó, empero, de Madariaga. En carta del gobernador al ministro Valdés, fechada el 8 de Marzo de 1846, decía:

Respecto a la reunión de los porteños, nadie mejor que Márquez (íntimo de Paz) sabe cómo han ido a mi lado y si han permanecido allí ha sido porque el Director no me ha dicho una sola palabra; antes al contrario, me ha dicho por escrito que los llamara. Al coronel Paz no he dado ocupación, porque he conocido la prevención que le tiene(2).

(2) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo II, capítulo XI: “Guerra contra la tiranía de Rosas. (1843-1845)”, parágrafo 204. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

"Los trabajos redoblaron después de la retirada de Urquiza, explotándose muy principalmente la calumnia lanzada contra el gobernador", dice Mantilla. Lo cierto es cuando Madariaga regresó a la capital de la campaña, halló las cosas en condiciones alarmantes: el mismo Congreso estaba implicado en un proyecto de derrocamiento.

Para conjurar los males lógicos de semejante estado, Madariaga dirigió al Director (el 23 de Marzo de 1846) la siguiente comunicación, fiel trasunto de los hechos y de sus opiniones y sentimientos:

A mi llegada a esta ciudad me he encontrado con graves novedades, cuya extensión no conocía, si bien el Gobierno delegado me hubiese participado sus anuncios.
Durante los días de mi residencia he podido imponerme de las maniobras desorganizadoras de ciertos hombres malavenidos con el orden, en tanto que éste no les está personalmente subordinado, del objeto que se proponen y de los medios que echan mano.
Todo eso, general, me importaría bien poco si ellos, para darse seguramente el valer que no tienen, no invocasen el respetable nombre de V. E., proponiéndolo en sus insinuaciones como el objeto y hasta como el móvil de sus acciones.
Ellos han emitido a la circulación las especies de un desavenimiento entre V. E. y yo, originados -dicen- por la desmoralización en que suponen al Ejército y por el estéril resultado de la campaña última, llevando su osadía hasta anunciar el derrocamiento del Gobierno y hasta asestarme las más odiosas y estúpidas imputaciones.
V. E. debe hacerme la justicia de creer que estoy bien distante de preocuparme de la invocación con que pretenden escudarse para dar importancia a sus manejos y suplir su nulidad personal. Pero el estado a que han conseguido adelantar sus designios y las medidas con que pienso cortarlos radicalmente, exigen que me explique con V. E. en el lenguaje ingenuo de la verdad, con el espíritu benévolo de una leal y constante amistad y en el sentido de los grandes intereses del país, encomendados a su dirección.
Una de las fatalidades -la mayor de todas quizás, que rodean al hombre colocado en una posición eminente- es la de verse expuesto a ser fascinado a cada momento en los negocios más graves, por las torcidas sugestiones de una turba de hombres interesados en explotarlo".

Los medios ordinarios de que se valen -prosigue Madariaga- son inducir a aquél a alejar de él a sus más útiles agentes, a todos los que pueden ilustrarle y servir con celo y habilidad; a persuadirle, enseguida, que es capaz de todo, que de nadie necesita, si no es de ellos, consiguiendo por este doble manejo perturbar su razón y privarle de la ajena, enardecer sus pasiones, suscitarle enemistades y disminuir sus relaciones favorables, sus medios de influencia y de poder.
De esta casta de hombres, General, tan abundante donde no son contenidos por un orden social regular y firme, no han faltado entre nosotros y, por desgracia, los que en esta importante situación han aparecido se han mostrado bastante adiestrados para agravar sus peligros y multiplicar sus obstáculos.
Después de lo que han hecho y para prevenir lo que aún pueden intentar, es menester, general que ambos nos expliquemos francamente, que nos estrechemos en una mutua e íntima confianza, haciendo desaparecer de este modo a los perversos que propalan nuestro desacuerdo y, tranquilizando a la opinión alarmada y burlando la expectación del enemigo, preparado, sin duda, como se hallará, a sacar partido de tales anuncios siniestros y de un tan peligroso estado de cosas.
Este estado es grave, es demasiado crítico para no prestarle toda nuestra atención y adoptar resoluciones que le hagan prontamente desaparecer. ¡Qué consecuencias tan funestas a la causa y qué enorme responsabilidad para V. E. y para mí, colocados como estamos en el timón de los negocios, nos apareja el sólo escándalo que él ocasiona!
¡Qué dirá nuestro aliado, observador tan perspicaz y prevenido de nuestras cosas, cuando las considere hechas el ludibrio de vulgares agitadores, tan ineptos como malintencionados, alentados y prevalidos solamente de la indolencia y tolerancia de las autoridades supremas!
Por lo que a mí toca, mi nombre y el teatro que ocupo son muy poca cosa al lado del gran teatro de nuestros sucesos nacionales; así, la atención que el mundo civilizado preste a lo que me concierne, no puede ser sino breve y de poco interés.
Pero otra cosa será en cuanto a V. E., llamado como está a más altos destinos, a quien se le ha abierto una carrera tan fácil, tan llana y tan brillante al mismo tiempo. V. E. será juzgado con severidad si, por una fatalidad de aquéllas que hasta aquí han hecho malograr nuestras mejores cabezas, malogra igualmente la grandiosa ocasión que le ha deparado la fortuna.
Para reportar los sucesos es menester saber gobernar a los hombres y para gobernar a éstos es preciso ser señor de sí mismo; es preciso no dejarse alucinar, no dejarse engañar, haciéndose tan inaccesible a las seducciones como dócil a la verdad e inflexible con el deber. V. E. se halla a estos respectos en una posición solemne, gravísima para la causa de nuestra Patria y sobremanera importante para su reputación personal y para su futuro destino; V. E. se halla comprometido a desmentir, a desarmar a esos hombres que invocan su nombre para desquiciar el orden de esta generosa provincia que, por mi consejo y por mi conducto llamó a V. E. a su seno que le recibió con los brazos abiertos, que puso en sus manos la flor de sus hijos, todos sus recursos, sin tasa, sin medida, sin responsabilidad y con ciega fe libró a la dirección de V. E. su seguridad y la salvación del resto de la República.
Si V. E. así no lo hace, si tolera que su nombre sirva de sombra a una obra de desorganización, su conciencia, general le hablará sobre ello bien alto, le dirá si tal indiferencia es compatible con los miramientos que debe al pueblo correntino, y si es consistente con el interés y los deberes de su alta posición.
Yo estoy tranquilo en medio de la agitación que se manifiesta; nada me conmueve interiormente, ni en cuanto a mi reputación, ni en cuanto a mi seguridad; sólo me preocupa la idea de lo que puede sobrevenir en mal de la causa general.
Tranquila mi conciencia por el fiel cumplimiento de mis deberes, seguro de la opinión pública de mis comprovincianos por las pruebas que de ella recibo diariamente, nada hay que me embarace ni arredre; lo único que en esta posición pesa sobre mi alma es, lo repito, la triste perspectiva que alcanzo ahí donde, hasta poco ha, veíamos sonreír las esperanzas sobre la próxima salvación de la República.
Cuando hablo así a V. E. he querido, en primer lugar, darle una prenda de confianza, abriéndole mi pecho para infundir la persuación en su espíritu, en un caso que así lo requieren nuestras mutuas relaciones; y, en segundo, llenar los deberes de mi destino por todos los medios que puedan poner a cubierto mi responsabilidad y los intereses sagrados que me están confiados. A fin de confirmar estos sentimientos por explicaciones más extensas y de acordar lo conveniente sobre los particulares indicados, pienso despachar cerca de V. E. una persona que llene estos objetos”.

El Director de la Guerra daba los últimos toques para el éxito seguro del plan descubierto por el gobernador cuando recibió la comunicación de éste; enmascarado con el papel de custodio del Congreso (sugestionado por sus agentes Derqui y Márquez) cuyo sostenimiento -para destruir a aquél- recomendaba en Oficios y cartas dirigidos a las autoridades militares y civiles de la provincia, hacía trabajos para ganarse la adhesión del Ejército contra Madariaga y tomaba medidas para desprender fuerzas que lo derrocasen.

Contestó al gobernador con fecha 27 de Marzo de 1846, en términos nada satisfactorios, confirmativos más bien de su complicidad; decía:

Me son desconocidos los peligros de un desquiciamiento del orden y mucho más la solemnidad de las circunstancias en que se me supone colocado en el sentido que se indica. De la situación descripta no es fácil formar un juicio, tal cual requieren anuncios tan alarmantes y la importancia del asunto.
¿Quiénes son los autores de tamaño mal? ¿Qué han hecho o piensan hacer? Conozco mis deberes y la inmensa responsabilidad que ellos me imponen; no desconozco la magnitud de los obstáculos contrapuestos para corresponder a ella. Pero mis más grandes esfuerzos se dirigirán a ese objeto y de ese modo me habré cubierto para con mis compatriotas y las personas influyentes todas, en la gran cuestión de libertad que se ventila.
Mi primer propósito al aceptar el honroso puesto en que me colocó el Congreso de la provincia, fue sostener sus Instituciones, sus leyes y no tolerar su infracción; lejos pues de mí la idea de mover o animar a los perturbadores.
La autoridad de que emana la mía y la de V. E. es el Congreso; desconocerla, sería violar todas las leyes y negar la legitimidad de toda autoridad constituida. ‘Se han puesto en mis manos todos los recursos sin tasa, sin medida, sin responsabilidad, que tiene la provincia’, tales son las palabras de V. E. para recordarme lo que debo a ésta.
El soldado, el oficial, el jefe, el Ejército todo está casi desnudo, sufre toda clase de necesidades y privaciones; los segundos están descalzos y no pueden presentarse según su clase.
¿Qué se han hecho los recursos de la provincia en mis manos? Esa duda injuriosa podría ocurrirse a cualquiera que oiga ese lenguaje si no me apresuro a dar publicidad a mis actos oficiales, rindiendo al Congreso las cuentas de mi Administración...
Por lo demás, General, es preciso no dar una inmerecida importancia a las voces que corren y no alarmarse por ellas, a punto de creer trastornado el orden. Concluiré repitiendo que en el estado en que nos hallamos no es imposible marchar y que es absolutamente necesario obrar completamente de acuerdo o la suerte de la patria y de la causa corre riesgo por más esfuerzos que se hagan para salvarla”.

Tres días después de remitir su contestación, el 30, el Director de la Guerra despachó al general José D. Abalos con una división de 700 hombres de caballería e infantería para derrocar al gobernador, so pretesto de “custodiar’’ la Casa del Congreso.

Formaba parte de la expedición -en clase de segundo de ella- el coronel Manuel Ocampos; iban también el coronel Pedro Calderón, el teniente coronel Juan Federico Olmos y los sargento mayor Felipe R. Albarenga y Reyes Ballejos. Abalos y Ocampos eran los únicos conocedores de las órdenes del Director.

Este -para no alarmar, tal vez- pretendió ocultar que Ocampos marchaba con Abalos anticipando, a la salida de ellos, el siguiente Oficio dirigido al Comandante de San Roque, Departamento importante del tránsito:

Villanueva, Marzo 29 de 1846

Por comunicaciones que tengo a la vista de los comandantes de Yaguareté Corá y San Miguel, estoy instruido que algunas partidas de desertores y de montoneros infestan esos Departamentos.
Por tanto y con el fin de que no se propaguen por otros las chispas del desorden, he resuelto qne marche el coronel don Manuel Ocampos, con fuerza proporcionada, la que dirigirá según convenga.
Llegado que fuese obrar en el Departamento de su cargo, le dará auxilios y cooperación cuanto necesite.

La orden de apariencia que el general Abalos recibió fue la siguiente:

Habiendo recibido la Nota y sanción del H. C. G. de la provincia, que acompaño a Vd. en copia autorizada y convencido de que el auxilio que reclama, para custodiar el lugar de sus sesiones y hacer efectivas sus resoluciones, es de todo conforme a nuestras leyes, he dispuesto que, con las fuerzas que se pondrá a las órdenes de V. S., marche desde luego a la capital de la provincia, en donde, poniéndose a disposición del H. C. G. le prestará el auxilio y cooperación que anuncia necesitar...

José M. Paz

El Director de la Guerra tuvo la cortesía de avisar por Oficio al gobernador la marcha del general Abalos y en cada carta particular le decía:

“No he podido prescindir de mandar la fuerza, con orden de conducirse con la circunspección y prudencia que requiere el caso. De ninguna manera creo que las cosas se conduzcan a términos que se deplore un mal inevitable, pero si las circustancias son tales que ese mal hubiera de producir después aún peores frutos, no sentiré conocerle desde ahora, para ahorrar mayores desgracias a este pueblo tan digno de mejor suerte” (sapienti pauca verba - “al inteligente pocas cosas”, señala Mantilla).

Los jefes Calderón, Olmos y Albarenga dijeron después lo que supieron sobre el objeto de la expedición, en las siguientes declaraciones:

Coronel Calderón:

"Me dijo el general Abalos que marchábamos a Corrientes llamados por el H. C. de la provincia para servirle de apoyo, pues que el P. E. cesaba por razón de haber llenado su tiempo; que al día siguiente, el Director reuniría los jefes y oficiales del Ejército para hacerles saber esta misma disposición del Congreso.
"Hasta estar en el arroyo Ambrosio nada más supe. A las inmediaciones del Empedrado, el segundo jefe de la Fuerza, don Manuel Ocampos, hizo hacer alto a la columna, ordenando al que declara que proclamase a la tropa de su mando en estos términos:
"'Que dicho Coronel había recibido comunicaciones de la capital por las cuales sabía que el traidor Joaquín Madariaga la había abandonado, llevándose los caudales de la provincia; que por libertar a su hermano Juan quería entregar la provincia al tirano Juan M. Rosas; que Joaquín ni Juan Madariaga no eran la patria'" (“con otras expresiones groseras”, señala Mantilla.

Teniente Coronel Olmos:

"Fue recién de este lado de San Roque que oyó hablar privadamente sobre el objeto de la expedición, diciéndose que iban a sostener el Congreso; porque antes le dijeron que la expedición iba destinada a perseguir unas montoneras que habían sorprendido y muerto al comandante de San Luis y al comandante de San Antonio.
"Que en Empedrado el coronel Ocampos proclamó a la tropa diciendo que el gobernador había fugado de la capital, llevándose el Tesoro y que había tratado con Urquiza entregarle la provincia, produciéndose contra él en términos ultrajantes".

Sargento Mayor Albarenga:

"Que el general Abalos lo llamó y le dijo que el objeto era remover al gobernador, que había cumplido su tiempo y quería continuar, encargándole guardase el secreto de esta revelación; que en Empedrado el coronel Ocampos proclamó a la tropa, diciendo que el gobernador era un traidor, que había saqueado el Tesoro y huido, y que había vendido la patria para salvar a su hermano"(3).

(3) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo II, capítulo XI: “Guerra contra la tiranía de Rosas. (1843-1845)”, parágrafo 204. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

El General en Jefe de las tropas paraguayas, Francisco Solano López, testigo de lo que ocurría en el Ejército y atento observador del movimiento político de la provincia, informó a su padre y presidente, el día 30 de Marzo de 1846, en los términos siguientes:

Corre la noticia como positiva de que el gobernador va a ser depuesto por la Sala de Representantes y que el Director es el que ha tramado todo ésto; aún se me ha nombrado varios jefes que han ido de aquí a Corrientes, como aseguran que el gobernador había amenazado degollar a todos los Representantes si tal intentaban.
Es mucho el trabajo que el Director tiene aquí para volver a todos en contra del gobernador, por lo que se ha hecho mucho más odioso a muchos sujetos, jefes y oficiales del gobernador(4).

(4) “En 1881 tomé copia del original del Oficio del general paraguayo, conservado en el Archivo de la Ciudad de Asunción, en el volumen 21 bajo el Nro. 8”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo II, capítulo XI: “Guerra contra la tiranía de Rosas. (1843-1845)”, parágrafo 205. Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Por modo tan desventurado, los sucesos tomaron rumbo sombrío.

Información adicional